"Y esta es la vida eterna: Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado” (Juan 17:3).

domingo, 20 de febrero de 2011

LA VIDA TRIUNFANTE

Solo hay una vida que triunfa y es la vida de Jesús, el Cristo. Todo hombre puede tener esa vida, todo hombre puede vivir esa vida.

No me refiero solo a que todo hombre puede asemejarse a Cristo; me refiero a algo mucho mejor que eso, no solamente me refiero a que todo hombre pueda tener siempre la ayuda de Cristo, me refiero a algo mejor que eso, no me refiero solamente a que todo hombre puede tener el poder de Cristo; me refiero a algo mucho mejor que eso. Y no solo me refiero a que todo hombre será salvado de sus pecados y será guardado del pecado; estoy hablando de algo mucho mejor que esa victoria.

Lo que quiero decir es esto: Siempre supe que Cristo era mi Salvador pero anteriormente lo veía como un Salvador externo, alguien que había hecho una obra salvadora desde el exterior para mi; alguien que estaba dispuesto a quedarse junto a mi para ayudarme en todo lo que necesitara, dándome poder, fortaleza y salvación. Pero me di cuenta de algo mejor que eso. Por fin me di cuenta que Jesús, el Cristo, estaba realmente y literalmente viviendo en mi y mucho mas que eso; que El se había constituido en mi propia vida, tomándome en unión con El mismo — mi cuerpo, mente y espíritu — mientras seguía conservando mi propia identidad, libre albedrío y plena responsabilidad moral. ¿No es esto mucho mejor que tener a Cristo como solo un ayudante, o un Salvador externo?− el tener a Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios como mi propia vida. Esto significo que nunca mas necesitaría pedirle ayuda como un ser independiente separado de mi sino que haría Su obra y Su voluntad en mi , conmigo y a través de mi. Mi cuerpo era Suyo, mi mente y mis sentidos eran Suyos y mi espíritu era Suyo también; no meramente Suyos sino literalmente de El; lo que El me pidió que reconociera fue, “Con Cristo estoy juntamente crucificado y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.” Jesús, el Cristo, se había constituido en mi vida entera — no como una figura literaria, recuerde, sino tan literal y real como un árbol se convierte en un escritorio.

Porque “vuestros cuerpos son miembros de Cristo” y “vosotros sois el cuerpo de Cristo.”

¿Ha notado usted que Pablo podía decir, con gozo y alegría jubilosa, “para mi el vivir es Cristo.”? El no dijo, como muchos piensan erróneamente, “para mi el vivir es ser semejante a Cristo,” no!, “para mi el vivir es tener la ayuda de Cristo,” no!, “para mi el vivir es servir a Cristo.” No!; Pablo penetro y fue mas allá de estos conceptos, en la enfática, gloriosa y misteriosa declaración, “para mi el vivir ES Cristo.” Nunca había entendido este versículo anteriormente. Ahora, gracias a Su don, de si mismo, comencé a vislumbrar su maravilloso significado.

Y así es como yo supe por mi mismo que existía una vida triunfante: esa es la vida de Cristo Jesús y que esa vida puede ser la nuestra si le pedimos y si nos entregamos a El absolutamente e incondicionalmente, sometiendo nuestra voluntad a Su voluntad, haciéndolo el Maestro de nuestras vidas al igual que nuestro Salvador — entrando, ocupándonos, abrumándonos con Su presencia y llenándonos de El “ hasta toda la plenitud de Dios.”

¿Cual ha sido el resultado? ¿Me dio esta experiencia solamente un nuevo concepto intelectual sobre Cristo o mas interesante que antes? Si fuera solamente eso tendría poco que decirles hoy. No; esto significo un cambio revolucionario y fundamental en mi vida, tanto dentro como fuera. Si algún hombre esta en Cristo usted sabe que es una nueva creación.

Jesús, el Cristo no quiere ser nuestro ayudador; El quiere ser nuestra vida. El no quiere que trabajemos para El. El quiere que le dejemos hacer Su obra en nosotros, usándonos como cuando usamos un lápiz para escribir — aun mucho mejor: usándonos como los dedos de Su mano.

Cuando nuestra vida no solo es la vida de Cristo sino Cristo mismo en nuestra vida entonces ser convierte en una vida triunfante y victoriosa; porque El nunca ha sido vencido. Y una vida triunfante es una vida que da frutos para vida, una vida de servicio.

Después de todo es solo una pequeña parte de la vida y toda una parte negativa para vencer: debemos dar fruto en nuestro carácter y en nuestro servicio si Cristo es nuestra vida. Y nosotros fructificaremos — porque Cristo es nuestra vida. “El no puede negarse a Si Mismo,” “El [Cristo] no vino para ser servido, sino para servir.” Una nueva y completa clase de servicio será nuestra ahora mientras dejemos que Cristo sirva a otros por medio nuestro, usándonos. Esta fructificación y servicio habitual y constante debe efectuarse todo por fe en El (al vivir Su fe); nuestras obras y acciones son el resultado de Su vida en nosotros.

Las condiciones de recibir a Cristo como la plenitud de la vida son simplemente dos —después, por supuesto de nuestra aceptación personal de Cristo como nuestro Salvador — por Su derramamiento de sangre y muerte como nuestra substitución y portador de nuestros pecado — de la culpa y las consecuencias mas graves de nuestros pecados. 1) Rendir absolutamente e incondicionalmente a Cristo, como Maestro, todo lo que somos y todo lo que tenemos diciéndole a Dios que ahora estamos listos para tener Su entera voluntad hecha en nosotros por el resto de nuestras vidas, en cada momento sin importar el costo. 2) Creer que Dios nos ha hecho enteros nuevamente y libres de la ley del pecado (Rom 8:2) — no lo hará sino que ya lo hizo. Después de este segundo paso, todo depende del acto silencioso de la fe. La fe cree en Dios a pesar de una ausencia de sentimientos o falta de evidencias. Porque la palabra de Dios es mucho mas segura, mejor, y verdadera que cualquier evidencia de Su obra. Debemos decir, en fe ciega y fría, si es necesario, “Yo se que mi Señor Jesús esta supliendo todas mis necesidades ahora (aun mi necesidad de fe), porque Su gracia es suficiente para mi.” Y recuerde que el don de Cristo mismo es mejor que toda bendición suya; mejor que el poder o la victoria o el servicio que El ofrece. Cristo creo el poder espiritual; pero Cristo es mejor que ese poder; El es lo mejor de Dios, El es Dios; y podemos tener lo mejor; podemos tener a Cristo, aferrándonos a El de una manera tan desapegada al “ego” que ya no somos nosotros los que vivimos, sino Cristo viviendo en nosotros. ¿Tomaras, entonces, este don?

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